domingo, 21 de agosto de 2011

DUALIDAD.

En los ojos de la bestia, ojos de la nieve, ojos del frío. Suenan los pasos lentos pues exhaustos por la nieve y el camino. Suenan los lamentos que rebotan en los árboles blancos y en las rocas huecas se esconden con su dolor y su miedo.

Las voces del silencio se escuchan por doquier y el sudor empapa el aire, los aullidos furiosos de la tierra surgen sobre las cuevas, llegando hasta los huesos.

Ciegos los ojos de la noche fijos están en la nada y contemplando todo: pausados inmóviles. La oscuridad anda su sendero diario y se crece sobre todo, envuelve todo y se vuelve todo.

Luz de estrellas nublosas; epitafio de sus muertes lejanas, se cierne en el cielo sobre los ojos ciegos de la noche, alumbrando así lúgubremente la tierra.

Bajo ellas, las hojas se hacen oír con su canto de musas, cantan ellas a los vientos y sus líricas se hacen armoniosamente una.

Las ánimas las oyen y por ellas se embellecen. Caen al momento en un frenesí expectante. Se cruzan y se mezclan infinitamente. Entre la luz y las sombras bailan, se abrazan en prohibida unión, bailan y se abrazan en eterna paradoja.

La naturaleza sigue su camino, sigue y sigue eternamente.

Bailaran en ella la luz de mejillas blancas y la lúgubre noche, bailaran enamoradas, bailaran hasta el fin de todo aquello que alcanzan. Donde el brillo de la última estrella muerta lunas atrás, no brille más entre los ojos ciegos de la noche.

viernes, 5 de agosto de 2011

Tu partida.

Cuando vi tus ojos caer en el vacío bajo una lluvia soleada, vi los amaneceres idílicos usados como alimento para las noches frías, fieras de la locura y el despecho. Fue entonces donde tu furia maltrecha se alzó orgullosa de las cenizas ceñidas bajo tu piel color gris.

Cuando el frío de tu espalda inundo la seda y el algodón; el destino levanto su voz, para decretar tu apología; entonces tus pies helados cerraron sus pasos con candado y tu boca ahora de cera solo fue silencio. Entonces, tus dedos crispados se quebraron bajo los míos cual cristal y tus ojos nublados por la lluvia de mi alma no dijeron más.

Tu piel, lustro donde las estrellas plateadas escriben mi camino; planean, especulan, apuestan.

Mis pasos, ahora de animal herido, se pierden sobre el lodo de tus sonrisas, mi boca reseca por el desgaste y mis dientes astillados por la desesperación, son manifiesto de mis desfortunios, ando como en sueños; hablando con los perros y bebiendo mi saliva una y otra vez. Ando sobre la tierra y los charcos. Ando pues sobre mi expiación, ando sobre los remansos de lo que era yo, arrastrando mis pecados sobre las piedras.

Cuando vi las palabras ultimas de tu alma y tu tumba pregonando en su epitafio el tiempo y tu nombre como sentido de pertenencia. Entonces encontré mi fragilidad, entre mi estómago y mis pulmones, entre tus risas y tu tintineo.

Fuimos susurro en la atmósfera, hojas malaventuradas que son apartadas de su árbol por un vendaval de invierno, fuimos aves heridas andando a tientas sobre el suelo.

Fuimos fatalidad y miedo, fuimos tú y yo nada más. Somos ahora, vagando en las nubes.

Cuéntame.

Cuéntame cómo es que el dolor que se acerca a la piel y que quema no está en ti.

cómo es que suspiras el azufre del viento que podrido quedo.

cómo es que la luna se volvió tan negra y su luz tan difusa.

cómo es que la vida que hoy se pierde en mis dedos ya no es mía.

Cuéntame si los aullidos del corazón son augurios del fin o tal vez gritos de esperanza.

Anda cuéntame, llévame a volar, anda muéstrame, golpéame con fuerza y dime porque las luces del cielo se apagan, porque tus risas son más opacas.

Cuéntame porque en el tiempo de susurros donde nada se oye, puedo oírte a ti.

porque hoy tus ojos y los míos no saben quiénes somos y porque tus manos y las mías son de nube y se esparcen.

Cuéntame si la sangre es legada. Porque ahora perdemos el camino.