viernes, 5 de agosto de 2011

Tu partida.

Cuando vi tus ojos caer en el vacío bajo una lluvia soleada, vi los amaneceres idílicos usados como alimento para las noches frías, fieras de la locura y el despecho. Fue entonces donde tu furia maltrecha se alzó orgullosa de las cenizas ceñidas bajo tu piel color gris.

Cuando el frío de tu espalda inundo la seda y el algodón; el destino levanto su voz, para decretar tu apología; entonces tus pies helados cerraron sus pasos con candado y tu boca ahora de cera solo fue silencio. Entonces, tus dedos crispados se quebraron bajo los míos cual cristal y tus ojos nublados por la lluvia de mi alma no dijeron más.

Tu piel, lustro donde las estrellas plateadas escriben mi camino; planean, especulan, apuestan.

Mis pasos, ahora de animal herido, se pierden sobre el lodo de tus sonrisas, mi boca reseca por el desgaste y mis dientes astillados por la desesperación, son manifiesto de mis desfortunios, ando como en sueños; hablando con los perros y bebiendo mi saliva una y otra vez. Ando sobre la tierra y los charcos. Ando pues sobre mi expiación, ando sobre los remansos de lo que era yo, arrastrando mis pecados sobre las piedras.

Cuando vi las palabras ultimas de tu alma y tu tumba pregonando en su epitafio el tiempo y tu nombre como sentido de pertenencia. Entonces encontré mi fragilidad, entre mi estómago y mis pulmones, entre tus risas y tu tintineo.

Fuimos susurro en la atmósfera, hojas malaventuradas que son apartadas de su árbol por un vendaval de invierno, fuimos aves heridas andando a tientas sobre el suelo.

Fuimos fatalidad y miedo, fuimos tú y yo nada más. Somos ahora, vagando en las nubes.

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