Cuando vi tus ojos caer en el vacío bajo una lluvia soleada, vi los amaneceres idílicos usados como alimento para las noches frías, fieras de la locura y el despecho. Fue entonces donde tu furia maltrecha se alzó orgullosa de las cenizas ceñidas bajo tu piel color gris.
Cuando el frío de tu espalda inundo la seda y el algodón; el destino levanto su voz, para decretar tu apología; entonces tus pies helados cerraron sus pasos con candado y tu boca ahora de cera solo fue silencio. Entonces, tus dedos crispados se quebraron bajo los míos cual cristal y tus ojos nublados por la lluvia de mi alma no dijeron más.
Tu piel, lustro donde las estrellas plateadas escriben mi camino; planean, especulan, apuestan.
Mis pasos, ahora de animal herido, se pierden sobre el lodo de tus sonrisas, mi boca reseca por el desgaste y mis dientes astillados por la desesperación, son manifiesto de mis desfortunios, ando como en sueños; hablando con los perros y bebiendo mi saliva una y otra vez. Ando sobre la tierra y los charcos. Ando pues sobre mi expiación, ando sobre los remansos de lo que era yo, arrastrando mis pecados sobre las piedras.
Cuando vi las palabras ultimas de tu alma y tu tumba pregonando en su epitafio el tiempo y tu nombre como sentido de pertenencia. Entonces encontré mi fragilidad, entre mi estómago y mis pulmones, entre tus risas y tu tintineo.
Fuimos susurro en la atmósfera, hojas malaventuradas que son apartadas de su árbol por un vendaval de invierno, fuimos aves heridas andando a tientas sobre el suelo.
Fuimos fatalidad y miedo, fuimos tú y yo nada más. Somos ahora, vagando en las nubes.
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