En los ojos de la bestia, ojos de la nieve, ojos del frío. Suenan los pasos lentos pues exhaustos por la nieve y el camino. Suenan los lamentos que rebotan en los árboles blancos y en las rocas huecas se esconden con su dolor y su miedo.
Las voces del silencio se escuchan por doquier y el sudor empapa el aire, los aullidos furiosos de la tierra surgen sobre las cuevas, llegando hasta los huesos.
Ciegos los ojos de la noche fijos están en la nada y contemplando todo: pausados inmóviles. La oscuridad anda su sendero diario y se crece sobre todo, envuelve todo y se vuelve todo.
Luz de estrellas nublosas; epitafio de sus muertes lejanas, se cierne en el cielo sobre los ojos ciegos de la noche, alumbrando así lúgubremente la tierra.
Bajo ellas, las hojas se hacen oír con su canto de musas, cantan ellas a los vientos y sus líricas se hacen armoniosamente una.
Las ánimas las oyen y por ellas se embellecen. Caen al momento en un frenesí expectante. Se cruzan y se mezclan infinitamente. Entre la luz y las sombras bailan, se abrazan en prohibida unión, bailan y se abrazan en eterna paradoja.
La naturaleza sigue su camino, sigue y sigue eternamente.
Bailaran en ella la luz de mejillas blancas y la lúgubre noche, bailaran enamoradas, bailaran hasta el fin de todo aquello que alcanzan. Donde el brillo de la última estrella muerta lunas atrás, no brille más entre los ojos ciegos de la noche.